Las raíces de la Segunda Guerra Mundial se encuentran en las duras condiciones del Tratado de Versalles, la crisis económica de los años treinta y el ascenso de los regímenes fascistas y militaristas en Europa y Asia. Comprender estas causas es esencial para entender cómo el mundo se precipitó hacia el conflicto más destructivo de la historia. Ningún factor aislado explica por sí solo el estallido de la guerra: fue la convergencia de tensiones políticas, económicas y territoriales lo que hizo inevitable el enfrentamiento.
Las causas políticas hunden sus raíces en el orden internacional surgido tras la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Versalles impuso a Alemania condiciones humillantes que alimentaron el resentimiento nacionalista. El ascenso del fascismo en Italia y del nacionalsocialismo en Alemania canalizó ese descontento hacia regímenes agresivos y expansionistas. La política de apaciguamiento seguida por Francia y Gran Bretaña durante los años treinta permitió a Hitler remilitarizar Renania, anexionar Austria y reclamar los Sudetes sin consecuencias, lo que reforzó su convicción de que las democracias occidentales no le harían frente.
Las causas económicas agravaron la inestabilidad. La Gran Depresión de 1929 devastó las economías europeas y favoreció el auge de los movimientos extremistas. Alemania, Italia y Japón apostaron por la autarquía y el rearme como vía de salida a la crisis, creando economías de guerra que necesitaban la expansión territorial para sostenerse.
Las causas territoriales precipitaron el conflicto directo. El Anschluss con Austria, la crisis de los Sudetes, la ocupación de Checoslovaquia y la disputa por el corredor polaco fueron los eslabones de una cadena de agresiones que culminó con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939. En Asia, la expansión japonesa en Manchuria y China siguió un patrón similar de conquista e impunidad.
En esta sección se analizan los factores que condujeron al estallido de la SGM.